El juego social de apego como medio de autotransformación
Lo que todos necesitamos para prosperar y alcanzar nuestro potencial
En los Estados Unidos, la escasez de juego durante la infancia, incluyendo en los jardines de infancia (Miller y Almon, 2009), se ha relacionado con un aumento del estrés infantil y un deterioro del rendimiento (Sahlberg y Doyle, 2019). De hecho, el mejor sistema escolar del mundo, o con las puntuaciones más altas en rendimiento, es el de Finlandia, cuyas escuelas incorporan dentro de sus rutinas el juego activo a lo largo del día y hasta la escuela secundaria (idem).
¿Cómo contribuye el juego social autodirigido al crecimiento de los niños?
Los seres humanos somos mamíferos sociales, y la vida de los mamíferos sociales jóvenes está llena de juego social como parte de su autodesarrollo y autoorganización en torno a relaciones sociales que funcionan adecuadamente (Burghardt, 2005).
Por juego social autodirigido se entiende aquel que los niños organizan y gestionan por sí mismos, incluyendo la creación de sus reglas.
Lo que sabemos gracias a los estudios con animales sobre mamíferos sociales que tienen estructuras cerebrales isomórficas (o similares a las de los seres humanos) es que el juego social:
- Facilita el desarrollo de la regulación emocional (Panksepp et al., 2003; van den Berg et al., 1999).
- Fomenta el desarrollo cerebral (Gordon, Kollack-Walker, Akil y Panksepp, 2002; Gordon, Burke, Akil, Watson y Panksepp, 2003; Panksepp, 2007; van den Berg et al., 1999).
- Tiene efectos epigenéticos y de crecimiento, como el aumento del metabolismo neural en la neocorteza (BDNF e IGF) (Panksepp, 1998a, Gordon et al. 2002). La dopamina, la hormona energizante que indica una anticipación positiva, se secreta durante el juego, lo que quizás configura las vías de la dopamina de manera prosocial.
- Influye en los perfiles de expresión de los genes (Burgdorf, Kroes, Beinfeld, Panksepp y Moskal, 2010).
- De los 1200 genes que se han evaluado hasta ahora, una tercera parte de los mismos se modifica rápidamente por el comportamiento lúdico (Burgdorf et al., 2010).
La falta de juego (en experimentos con animales) conduce a:
- Dificultad para regular los impulsos agresivos (Potegal y Einon, 1989).
- Alteración de las interacciones sociales, sexuales y conflictivas con los compañeros (van den Berg et al., 1999).
- Disminución del rendimiento académico (Barros, Silver y Stein, 2009).
- Aumento de la agresividad (Flanders y Herman, 2013).
- Trastornos del comportamiento, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (Panksepp, 2007).
Curiosamente, los niños diagnosticados con el trastorno por déficit de atención, sin un trastorno cerebral clínicamente relevante pueden, en realidad, estar sufriendo los efectos de la privación del juego, o tener un “sistema del JUEGO” (en el sentido técnico usado por Panksepp) particularmente vigoroso, que por así decirlo, está desnutrido (Panksepp, 2007b).
Según O. Fred Donaldson (1993), que jugaba con niños como terapia y con animales salvajes por diversión, el juego promueve:
- La pertenencia, la conexión y la colaboración.
- Aceptación o manejo de riesgos, capacidad de adaptarse y responder flexiblemente.
- Una “segunda mirada”, en el sentido de que la primera mirada o impresión tiende a categorizar a las personas, mientras que una segunda mirada implica ver con el corazón, que procura percibir el sentido superior de la vida en los demás
- Despojarse de ideas, miedos o juicios preconcebidos.
- Una clase de bondad estructurada más allá de nuestra conciencia cultural.
- Una relación amorosa, que permite a los individuos abrirse y ser visibles para los demás (escrutables).
El juego transforma la agresividad (Donaldson, 1993) porque:
- Presenta una alternativa a la agresión y la violencia sin el uso de la fuerza.
- Ofrece opciones de posibles reacciones ante la agresividad, la violencia y el miedo sin necesidad de venganza.
- Crea un espacio seguro para la transformación de la agresividad física o verbal.
- Transforma hábitos y patrones de comportamiento negativos y profundamente arraigados en nuevos hábitos basados en sentimientos de amor, pertenencia y seguridad.
El juego tiene efectos positivos (Donaldson, 1993), tales como:
- Preserva la autoestima tanto propia como ajena.
- Crea las condiciones óptimas para el aprendizaje, la creatividad y el autodesarrollo.
- Promueve el sentimiento de pertenencia como la mejor alternativa al miedo y la competencia.
- Aumenta la posibilidad de adaptación a nuevos entornos en las condiciones siempre cambiantes de la vida.
Terapia de juego
Se sabe que las terapias basadas en el juego ayudan a los niños con miedo, ansiedad, agresividad, autismo, trastorno por estrés postraumático, trastorno de déficit de atención e hiperactividad, y trastornos de apego. Cuando los padres participan en la terapia de juego, los resultados son aún más satisfactorios (Reddy et al., 2005).
Juego de apego en casa
Los padres y los niños también pueden adoptar una rutina de juego social juntos, lo que beneficia a las relaciones familiares (Cohen, 2002). En su libro sobre el “juego de apego” Aletha Solter (2013) sugiere nueve formas de juego de apego que los padres pueden diseñar para los niños con el fin de promover la conexión, lidiar con problemas emocionales o superar problemas relacionales.
JUEGO NO DIRECTIVO, CENTRADO EN EL NIÑO. Los padres proporcionan materiales que fomentan la imaginación y dejan que el niño dirija el juego. Hasta cinco minutos jugando juntos esa clase de juegos sin una estructura previa, pueden ayudar al niño a sentirse más conectado con sus padres.
JUEGO SIMBÓLICO. Se realiza con accesorios o temas particulares y puede ser útil para ayudar a los niños a superar traumas. Los padres también pueden utilizar este enfoque para hacer frente a problemas de comportamiento (por ejemplo, falta de cooperación, dejar el pañal, mentiras, rivalidad entre hermanos, etc). Se pueden utilizar animales de peluche para representar a los padres y al niño en situaciones concretas.
JUEGO DE CONTINGENCIA. Consiste en vincular las acciones del niño con las respuestas del adulto (como cuando imitamos los balbuceos de un bebé). Otro ejemplo sería, cuando se juega “a caballito”, con el adulto siguiendo las instrucciones del niño o niña sobre hacia dónde ir.
JUEGO SIN SENTIDO. Comportamientos alocados, como decir cosas al revés o ponerse los pantalones en la cabeza. Exagerar los sentimientos o dar respuestas absurdas son formas divertidas de redirigir a un niño reacio.
JUEGOS DE SEPARACIÓN. Como el cucú-tras o aquí-está, el perseguirse o el escondite, dependiendo de la edad, permiten al niño lidiar con la ansiedad de la separación.
JUEGOS DE INVERSIÓN DE PODER. En estos el adulto finge ser débil, ignorante, torpe o miedoso, por lo que el niño o niña se convierte en el jugador más fuerte. Por ejemplo, el niño puede para derribar al adulto con una almohada.
JUEGOS DE REGRESIÓN. Son actividades donde los jugadores participan en juegos que normalmente se harían con un niño más pequeño, como hablar con voz muy infantil o que el niño actúe como un bebé. Pero recuerde que los abrazos son buenos para todas las edades.
ACTIVIDADES QUE IMPLICAN CONTACTO FÍSICO. Incluyen la lucha libre, llevar a hombros o a caballito, jugar al pilla-pilla, bailar en brazos, hacer la carretilla, y juegos en los que se toman de las manos.
JUEGOS COOPERATIVOS. incluyen inventar una historia juntos, juegos con canciones, juegos de mesa cooperativos e incluso los juegos deportivos se pueden convertir en juegos cooperativos.
Solter ofrece abundantes orientaciones para los padres, incluyendo las siguientes reglas para los adultos en los juegos de apego:
- Siga las iniciativas del niño y manténgase flexible.
- Evite enseñar o corregir al niño.
- Evite interrumpir o analizar el juego.
- Guíese por las risas: algo está saliendo bien.
- Evite burlarse.
- Evite hacerle cosquillas.
- No intente jugar cuando su pequeño esté llorando.
- Busque ayuda profesional para traumas graves.
- A veces está bien decir que no quieres jugar.
Los juegos de apego entre padres e hijos pueden beneficiar a ambas partes, en todos los aspectos mencionados anteriormente, incluyendo la mejora de las capacidades de apego seguro tanto en los padres como en los hijos. Los libros de Lawrence Cohen y Anthony DeBenedet (Cohen, 2002; DeBenedet y Cohen, 2011) también ofrecen muchos consejos útiles para los padres y el juego infantil.
Referencias
Barros, R.M., Silver, E.J., & Stein, R.E.K. (2009). School Recess and Group Classroom Behavior [El recreo escolar y el comportamiento grupal en el aula]. Pediatrics, 123(2), 431–436.
Burgdorf, J., Kroes, R.A., Beinfeld, M.C., Panksepp, J. & Moskal, J.R. (2010). Uncovering the molecular basis of positive affect using rough-and-tumble play in rats: A role for insulin-like growth factor I [Descubriendo la base molecular del afecto positivo mediante el juego brusco en ratas: el papel del factor de crecimiento similar a la insulina tipo I]. Neuroscience, 168(3), 769–777.
Burghardt, G.M. (2005). The genesis of animal play: Testing the limits [La génesis del juego animal: poniendo a prueba los límites]. Cambridge, MA: MIT Press.
Cohen, L.J. (2002). Playful Parenting: An Exciting New Approach to Raising Children that Will Help You Nurture Close Connections, Solve Behavior Problems, and Encourage Confidence [Criar jugando: un nuevo y estimulante enfoque para educar a los niños que ayuda a fomentar vínculos estrechos, resolver problemas de conducta y promover la confianza]. New York: Ballantine Books.
DeBenedet, A. T., & Cohen, L. J. (2011). The Art of Roughhousing [El arte del juego brusco]. Quirk Books.
Donaldson, F. (1993). Playing by heart: The vision and practice of belonging [Jugar de corazón: la visión y la práctica del sentido de pertenencia]. Deer Beach, FL: Health Communications, Inc.
Flanders, J. L., Herman, K. N., & Paquette, D. (2013). Rough-and-tumble play and the cooperation-competition dilemma: Evolutionary and developmental perspectives on the development of social competence [El juego brusco y el dilema cooperación-competencia: perspectivas evolutivas y del desarrollo sobre la competencia social]. In D. Narvaez, J. Panksepp, A. N. Schore, & T. R. Gleason, Evolution, early experience and human development: From research to practice and policy (pp. 371–387). New York: Oxford.
Gordon, N., Burke, S., Akil, H., Watson, S.J., & Panksepp, J. (2003). Socially-induced brain “fertilization”: Play promotes brain derived neurotrophic factor transcription in the amygdala and dorsolateral frontal cortex in juvenile rats [“Fertilización” cerebral inducida socialmente: el juego promueve la transcripción del factor neurotrófico derivado del cerebro en la amígdala y la corteza frontal dorsolateral en ratas juveniles]. Neuroscience Letters, 341(1–24), 17–20.
Gordon, N.S., Kollack-Walker, S., Akil, H. & Panksepp, J. (2002). Expression of c-fos gene activation during rough and tumble play in juvenile rats [Expresión de la activación del gen c-fos durante el juego brusco en ratas juveniles]. Brain Research Bulletin, 57, 651–659.
Miller, E., & Almon, J. (2009). Crisis in the Kindergarten—Why Children Need to Play in School [Crisis en la educación infantil: por qué los niños necesitan jugar en la escuela]. College Park, MD: Alliance for Childhood.
Panksepp, J., & Biven, L. (2011). The archaeology of mind: Neuroevolutionary origins of human emotions [La arqueología de la mente: orígenes neuroevolutivos de las emociones humanas]. New York: W.W. Norton.
Panksepp, J. (1998). Affective neuroscience: The foundations of human and animal emotions [Neurociencia afectiva: los fundamentos de las emociones humanas y animales]. New York: Oxford University Press.
Panksepp, J. (2007). Can PLAY diminish ADHD and facilitate the construction of the social brain? [¿Puede el juego reducir el TDAH y facilitar la construcción del cerebro social?]. Journal of the Canadian Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 16, 57–66.
Panksepp, J., Siviy, S., & Normansell, L.A. (1984). The psychobiology of play: Theoretical and methodological perspectives [La psicobiología del juego: perspectivas teóricas y metodológicas]. Neuroscience and Biobehavioral Reviews, 8, 465–492.
Potegal, M., & Einon, D. (1989). Aggressive behaviors in adult rats deprived of playfighting experiences as juveniles [Conductas agresivas en ratas adultas privadas de experiencias de juego de lucha durante la juventud]. Developmental Psychobiology, 22, 159–172.
Reddy, L.A., Files-Hall, T.M., & Schaefer, C.E. (2005). Empirically based play intervention for children [Intervenciones de juego para niños basadas en la evidencia]. Washington, DC: American Psychological Association.
Sahlberg, P. & Doyle, W. (2019). Let the children play: How more play will save our schools and help children thrive [Dejemos que los niños jueguen: cómo más juego puede salvar nuestras escuelas y ayudar a los niños a prosperar]. New York: Oxford University Press.
Solter, A.J. (2013). Attachment play: How to solve children’s behavior problems with play, laughter, and connection [Juego de apego: cómo resolver los problemas de conducta infantil mediante el juego, la risa y la conexión]. Goleta, CA: Shining Star Press.
Spinka, M., Newberry, R.C., & Bekoff, M. (2001). Mammalian play: training for the unexpected [El juego en los mamíferos: entrenamiento para lo inesperado]. Quarterly Review of Biology, 76, 141–168.
Van den Berg, C.L., Hol, T., van Ree, J.M., Spruijt, B.M., Everts, H., & Koolhaas, J.M. (1999). Play is indispensable for an adequate development of coping with social challenges in the rats [El juego es indispensable para un desarrollo adecuado de la capacidad de afrontar desafíos sociales en ratas]. Developmental Psychobiology, 34, 129–138.