¿Por qué es bueno jugar para los niños pequeños?

Un nuevo estudio muestra los efectos del juego sobre el tono vagal.

PUNTOS CLAVE
  • El juego libre de los niños y niñas influye en su salud fisiológica y psicológica.
  • Un tono vagal saludable se asocia con todo tipo de resultados positivos.
  • Nuestro estudio demostró que la experiencia reciente de juego libre predice un tono vagal basal saludable.

Un nuevo estudio que mis colegas y yo acabamos de publicar (Gleason et al., 2021) ofrece información sobre cómo el juego influye en el desarrollo fisiológico de los niños, particularmente en su tono vagal.


En general, nuestros estudios examinan los efectos del sistema de desarrollo de nuestra especie, o “nido evolucionado”, en el bienestar (fisiológico, social y moral) de los niños y los adultos. El juego libre autodirigido con otros, especialmente con personas de diferentes edades, forma parte del legado del nido evolucionado de la humanidad.  Otros componentes del nido evolucionado para los niños pequeños que relacionamos con el bienestar son: la lactancia materna; un clima social acogedor; el contacto físico positivo y la ausencia de contacto físico negativo; el cuidado receptivo de varios cuidadores adultos; la inmersión y la conexión con la naturaleza; y prácticas sanadoras regulares.

En dicho estudio examinamos los efectos del juego libre sobre el tono vagal. El juego libre excluye las actividades deportivas organizadas o las actividades dirigidas por adultos. En lugar de ello, se refiere al juego espontáneo e imaginativo que los niños inventan juntos sobre la marcha.

Los estudios con animales muestran numerosos efectos del juego libre en el desarrollo neurobiológico y social. El juego afecta epigenéticamente (“encendidos o apagados”) a más de 1200 genes (Burghardt, 2005). En los niños, el juego beneficia a los sistemas de autorregulación: el retraso de la gratificación (Cemore & Herwig, 2005) y la regulación de las emociones (LaFreniere, 2011; Lindsey& Colwell, 2013). Las funciones ejecutivas también se ven facilitadas por el juego (Thibodeau et al., 2016).

Nuestro estudio fue el primero en examinar y demostrar la relación entre el juego y la fisiología adaptativa.

Los sistemas fisiológicos adaptativos forman parte de una personalidad sana. Adaptativo significa que el cuerpo es capaz de ajustarse a la situación en cuestión, aumentando la frecuencia cardíaca ante un desafío o disminuyéndola en una situación de relajación. El juego facilita el desarrollo de una fisiología adaptativa.

La fisiología adaptativa la medimos mediante la arritmia sinusal respiratoria (RSA), la capacidad de respuesta flexible o adaptabilidad del nervio vago (el décimo nervio craneal que inerva los principales órganos del cuerpo). Como parte del sistema parasimpático, el nervio vago mantiene bajo control los sistemas de defensa ante amenazas, del sistema nervioso simpático (huida, lucha, paralización). La respuesta del nervio vago se conoce como “tono vagal”. Un tono vagal saludable se asocia con emociones positivas y funciones ejecutivas.

La RSA se calcula midiendo cómo varían conjuntamente la frecuencia cardíaca y la respiración en situaciones de calma y de estrés. El tono vagal “tónico” se mide en un único momento durante situaciones de relajación, una situación de referencia. El tono vagal “fásico” se mide en diferentes condiciones, desde no estresantes hasta estresantes y luego a la inversa, de estresantes a no estresantes. El tono vagal fásico captura la capacidad de adaptación del tono vagal de un individuo.

Nuestros participantes fueron parejas de madres e hijos que formaban parte de un estudio longitudinal y que acudieron al laboratorio cuando los niños tenían unos cinco años. En total dispusimos de 78 parejas madre-hijo con datos completos.

Para obtener una aproximación de la experiencia de juego de los niños en general, las madres completaron un cuestionario sobre la experiencia reciente de sus hijos con el nido evolucionado (Evolved Developmental Niche Report; Narváez et al., 2019). La puntuación de juego se obtuvo a partir de dos preguntas: “Durante la última semana, ¿cuánto jugó el niño de forma activa y libre con otros niños, al aire libre (juego organizado por los niños; no actividades previamente organizadas)?” y “¿Cuánto jugó el niño de forma activa y libre con otros niños, bajo techo (juego organizado por los niños, no actividades previamente organizadas)?”. La simple observación pasiva no cuenta como juego libre. 

La RSA de los niños se evaluó en tres condiciones: basal sin estrés (ver un vídeo de mariposas), con estrés (completar un rompecabezas tridimensional con cronómetro) y recuperación sin estrés (ver un vídeo de bebés felices).

Los resultados indicaron que el tono vagal basal o tónico de los niños se podía predecir a partir de la experiencia de juego de la última semana. Sin embargo, los resultados no mostraron ningún efecto del juego sobre el tono vagal fásico.

De esa manera llegamos a la siguiente conclusión:

“Las oportunidades de juego social libre no predijeron la flexibilidad vagal, lo que significa que los niños cuyas madres informaron de más juego no parecían tener ventajas reguladoras en cuanto a la flexibilidad vagal; es decir, no mostraron evidencia de un efecto amortiguador de la experiencia general de juego sobre la velocidad de su respuesta autonómica al estrés de una tarea cognitiva. Aunque estos resultados parecen incompatibles con el hecho de que el juego se haya identificado como un mecanismo para hacer frente al estrés (Siviy, 2010; Yogman et al., 2018), las investigaciones sobre el juego y el estrés han destacado los beneficios de jugar mientras se superan retos cognitivos, sociales o emocionales, o la eficacia del juego para reducir la ansiedad de los niños cuando se enfrentan a situaciones estresantes (Barnett y Storm, 1981). Por lo tanto, la experiencia general de juego previa a los desafíos estresantes podría alterar la regulación estática de los niños, pero detectar los efectos del juego en la fisiología, en respuesta al estrés, podría requerir mediciones de RSA que sean concurrentes tanto con la aparición de un factor estresante como con la participación de los niños en el juego” (p. 5).

La experiencia de juego se relacionó con un tono vagal tónico más alto, en la línea de base, lo que en otras investigaciones se ha vinculado con diversos resultados positivos, como un mejor rendimiento cognitivo y funcionamiento neural prefrontal (Thayer et al., 2009). Nuestro estudio se suma a las pruebas convergentes que demuestran la importancia del juego para la salud y el bienestar. El juego mejora la salud infantil de múltiples maneras (Yogman et al., 2018), pero como parte de nuestra larga herencia como especie (Gray, 2013) nos beneficia a todos, Como bien lo ha expresado nuestro colega de Psychology Today, Peter Gray, ¡el juego no es solo para los niños!


Referencias

Burghardt, G.M. (2005). The genesis of animal play: Testing the limits [La génesis del juego animal: poniendo a prueba los límites]. Cambridge: MIT Press.

Cemore, J. J., & Herwig, J. E. (2005). Delay of gratification and make-believe play of preschoolers [Demora de la gratificación y juego de simulación en niños preescolares]. Journal of Research in Childhood Education, 19(3), 251–266. doi:10.1080/02568540509595069

Gleason, T., Tarsha, M.S., Narvaez, D., & Kurth, A. (2021). Opportunities for free play and young children’s autonomic regulation [Oportunidades para el juego libre y la regulación autónoma de los niños pequeños]. Developmental Psychobiology, 63(6), e22134. https://doi.org/10.1002/dev.22134

Gray, P. (2013). Free to learn [Libres para aprender]. New York: Basic Books.

LaFreniere, P. (2011). Evolutionary functions of social play: Life histories, sex differences, and emotion regulation [Funciones evolutivas del juego social: historias de vida, diferencias de género y regulación emocional]. American Journal of Play, 3(4), 464–488.

Lindsey, E. W., & Colwell, M. J. (2013). Pretend and physical play: Links to preschoolers’ affective social competence [Juego simbólico y juego físico: vínculos con la competencia social afectiva en preescolares]. Merrill-Palmer Quarterly, 59(3), 330–360. doi:10.1353/mpq.2013.0015

Narvaez, D., Woodbury, R., Cheng, Y., Wang, L., Kurth, A., Gleason, T., … & Näpflin, C. (2019). Evolved Developmental Niche Provision Report: Moral Socialization, Social Thriving, and Social Maladaptation in three countries [Informe sobre la provisión del nicho de desarrollo evolucionado: socialización moral, prosperidad social y desadaptación social en tres países]. SAGE Open, 9(2). doi:10.1177/2158244019840123

Siviy, S. M. (2010). Play and adversity: how the playful mammalian brain withstands threats and anxieties [Juego y adversidad: cómo el cerebro lúdico de los mamíferos resiste las amenazas y las ansiedades]. American Journal of Play, 2(3), 297–314.

Thayer, J. F., Hansen, A. L., Saus-Rose, E., and Johnsen, B. H. (2009). Heart rate variability, prefrontal neural function, and cognitive performance: the neurovisceral integration perspective on self-regulation, adaptation, and health [Variabilidad de la frecuencia cardíaca, función neural prefrontal y rendimiento cognitivo: la perspectiva de la integración neurovisceral sobre la autorregulación, la adaptación y la salud]. Ann. Behav. Med. 37, 141–153. doi:10.1007/s12160-009-9101-z

Thibodeau, R. B., Gilpin, A. T., Brown, M. M., & Meyer, B. A. (2016). The effects of fantastical pretend-play on the development of executive functions: An intervention study [Los efectos del juego de simulación fantástico en el desarrollo de las funciones ejecutivas: un estudio de intervención]. Journal of Experimental Child Psychology, 145, 120–138. doi:10.1016/j.jecp.2016.01.001

Yogman, M., Garner, A., Hutchinson, J., Hirsch-Pasek, K., Golinkoff, R.M., American Academy of Pediatrics Committee on Psychosocial Aspects of Child and Family Health; Council on Communications and Media (2018). The power of play: A pediatric role in enhancing development in young children [El poder del juego: el papel de la pediatría en la mejora del desarrollo de los niños pequeños]. Pediatrics, 142(3), e20182058. doi:10.1542/peds.2018-2058

 

Leave A Reply

Your email address will not be published.